Feminismos y Justicia Penal

Iguales, pero desiguales

Newsletter Sin Vueltas. Desde un enfoque de género, el trabajo remunerado no puede analizarse sin su contraparte no remunerada de trabajo doméstico y reproductivo. Si bien esta realidad, se han posicionado en la agenda pública, todavía no encuentra soluciones en la práctica para para crear condiciones de mayor igualdad.

12 Abr 2022

Por Alejandra Perez Scalzi*

El 8 de marzo es una fecha que nos invita a reflexionar, interactuar, intercambiar para visibilizar la realidad que vivimos hoy las mujeres, recordando los caminos que se han recorrido a través de la lucha por el reconocimiento de nuestros derechos y acciones.

El movimiento del 8M se hace cada año más fuerte y poderoso, se potencia con cada una de las mujeres y disidencias que lo componen. Grupos, asociaciones, fundaciones, ONG, colectivos de jóvenes, mujeres y diversidades siguen luchando por acabar con los acosos, denunciar los femicidios, evidenciar la violencia de género, poner en agenda la brecha salarial y desarticular las desigualdades y violencias en todas sus formas.  Es la necesidad de poner fin a la violencia, la incomprensión, la impotencia, la injusticia, la invisibilidad, la precariedad, la falta de oportunidades y acceso a derechos sociales, laborales, económicos y culturales que sufren mujeres y disidencias en diferentes ámbitos de la vida cotidiana (más de la mitad del total de la población mundial); es esa necesidad y demanda la que se invoca, la que convoca e invade de verde y violeta las calles.

¿Cuántas generaciones más son necesarias para que las personas ejerzan sus derechos en igualdad de condiciones? ¿Cómo se explica esta situación de desigualdad de género?

La clase social, el origen, la etnia, la elección sexual, la identidad de género y la religión, continúan configurando un sistema complejo de opresiones múltiples y simultáneas que producen formas de subordinación y opresión específicas y diferenciadas.

Durante las últimas décadas, se han generado muchos avances en la vida cotidiana e íntima de las mujeres, y también en escalas más amplias, como en los campos políticos, jurídicos y marcos normativos internacionales y nacionales acompañados de políticas públicas qué dan cuenta de ello. Sin embargo, la clase social, el origen, la etnia, la elección sexual, la identidad de género y la religión, continúan configurando un sistema complejo de opresiones múltiples y simultáneas que producen formas de subordinación y opresión específicas y diferenciadas.

La esencia de la discriminación es cómo se construyen esos mecanismos profundamente arraigados, en estructuras presentes, históricamente fortalecidas y retroalimentadas permanentemente para no reconocerle a las personas o grupos las mismas condiciones porque son indígenas, porque son mujeres, porque son negras, porque son lesbianas, porque son gays, porque son transexuales, porque son adolescentes, porque son niñas o niños. Todos los mecanismos de discriminación se construyen en lo individual y en lo colectivo para tomar decisiones en su nombre, y excluirles de manera materializada y oficial o simbólica, de la participación social, de la toma de decisiones, del poder político y del poder económico.

El trabajo invisibilizado

La crisis generada en el mundo a causa del COVID-19 ha puesto de manifiesto la importante contribución de las mujeres y también las cargas desproporcionadas que soportan. Además, las mujeres están en primera línea de la lucha contra la pandemia, como trabajadoras de la salud, cuidadoras, educadoras y líderes comunitarias.

Las desigualdades económicas siguen siendo un eje estructural de reproducción de las desigualdades de género: el modelo capitalista vigente continúa presentando como separadas la esfera productiva y la reproductiva, la división sexual del trabajo, que atribuye a los varones el trabajo productivo —el propio del espacio público, socialmente reconocido y mejor remunerado— y el trabajo reproductivo, el de cuidados y doméstico, a las mujeres. Es el trabajo invisibilizado, sin reconocimiento simbólico ni económico, no reconocido como trabajo real y, por lo tanto, no vinculado a derechos y protección social. La jornada de trabajo no acaba nunca porque la mayor parte de las mujeres, después de trabajar, se dedica a tareas domésticas y al cuidado de sus hijos e hijas o personas a cargo. Si bien el hecho de ser biológicamente diferentes no implica ser social y culturalmente desiguales, la realidad es que el sistema de géneros determina las capacidades, habilidades y aptitudes de niñas y niños, estableciendo y configurando una división sexual del trabajo que perpetúa en sus vidas. El uso del tiempo tiene implicaciones en el desarrollo, en tanto permite o inhibe la participación en las distintas esferas sociales.

Esta división social por la cual las mujeres cargan con la mayor parte del trabajo doméstico y de cuidado no remunerado implica una menor cantidad de horas y recursos disponibles para dedicarles a su desarrollo personal, productivo, profesional y económico.

Por ello, es necesario dejar de considerar la casa, el lugar que habitamos como una unidad simple y homogénea de análisis, para examinar la situación de todas las personas que la habitan, prestando especial atención a las tareas que se realizan y a quienes las realizan. Estas tareas a las que hacemos referencia, que involucran quehaceres domésticos (comprar comida, cocinar, limpiar la casa, mantener los espacios); los cuidados de personas (de niños/as, enfermos/as o adultos/as mayores miembros del hogar); el apoyo escolar, entre otras, recaen de manera asimétrica sobre las mujeres. Esta división social por la cual las mujeres cargan con la mayor parte del trabajo doméstico y de cuidado no remunerado implica una menor cantidad de horas y recursos disponibles para dedicarles a su desarrollo personal, productivo, profesional y económico.

Las barreras en el mercado laboral

La presencia femenina en el mercado laboral ha crecido y lo seguirá haciendo sin lugar a dudas, pero necesitamos que operen cambios que mejoren realmente la calidad de vida de las mujeres. Las características del mercado laboral condensan la existencia de barreras visibles e invisibles instaladas en la sociedad, los hogares y en los lugares de trabajo. Las barreras visibles refieren al conjunto de prácticas y políticas dominantes que obstaculizan el camino de la mujer hacia un buen desarrollo ocupacional/profesional.  Algunos cambios estructurales como licencias, horarios flexibles de trabajo, políticas de apoyo a mujeres con niñas y niños, entre otros, resultan útiles pero insuficientes a la hora de retener y ofrecer reales oportunidades de crecimiento y de igualdad efectiva a las mujeres en los espacios laborales.

En nuestro país algunas cifras dan cuenta de esto:

●       Los ingresos de los varones son 29% más elevados respecto de los de las mujeres en trabajos similares. La brecha de ingresos aumenta hasta el 35% cuando se considera la situación de trabajadores en condición de informalidad (sin aportes previsionales). Estas diferencias salariales no son el único elemento de desequilibrio. Las tareas que hacen las mujeres se encuentran muy concentradas en pocas actividades.

●       El sector servicio doméstico es la principal ocupación de las mujeres en la Argentina, dos de cada diez mujeres asalariadas se desempeñan en el sector de servicio doméstico. Se trata de tareas que están extremadamente feminizadas: el 96% de quienes se desenvuelven en este rubro son mujeres. Un dato no menor es que el 72% de estas trabajadoras no percibe un descuento jubilatorio. Son las trabajadoras remuneradas más vulnerables de toda la economía.

La autonomía económica da la pauta a otros tipos de autonomía y empoderamiento para la toma de decisiones, tales como el libre ejercicio de la ciudadanía, la participación política y el pleno acceso al goce de los derechos humanos.

El trabajo remunerado es la principal vía por la cual las personas pueden obtener recursos y con ello autonomía económica. Esta condición es la que determina en buena medida su estatus socioeconómico y su grado de independencia, libertad y autonomía. La autonomía económica da la pauta a otros tipos de autonomía y empoderamiento para la toma de decisiones, tales como el libre ejercicio de la ciudadanía, la participación política y el pleno acceso al goce de los derechos humanos. Desde el enfoque de género, la participación económica y el trabajo remunerado no pueden analizarse sin su contraparte complementaria: el trabajo doméstico o el trabajo reproductivo, que no es remunerado. La contribución económica de las mujeres a las finanzas estatales y a la sociedad en su conjunto a través del trabajo remunerado y del no remunerado, y la necesidad de aplicar medidas orientadas a crear condiciones de mayor igualdad entre mujeres y hombres en diversos escenarios y esferas, son temas que se han posicionado en la agenda pública, pero aún no encuentran soluciones en la práctica.

Construir un futuro sostenible para todas y todos significa no dejar a nadie atrás. En la celebración de esta efeméride anualmente se presenta un tema central. En el 2022, el lema del Día Internacional de la Mujer fue “Igualdad de género hoy para un mañana sostenible”. El cambio climático representa uno de los desafíos mundiales más polémicos del siglo XXI, con un grave impacto en el desarrollo económico, social y ambiental de las naciones.  Las mujeres y las niñas, dicen, son fundamentales para encontrar soluciones a los desafíos más importantes que enfrentamos en la actualidad y deben ser escuchadas, valoradas. Veremos, si esto realmente se ve reflejado en transformaciones que efectivamente tomen en cuenta la palabra de mujeres, niñas y disidencias, pero no solo recuperadas en textos, sino a partir de la participación efectiva, en los distintos escenarios donde también se toman las decisiones, solo así nos estaremos acercando a igualdad tan deseada.

 

*Alejandra Perez Scalzi es especialista en economía familiar y género y profesora de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Córdoba.

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